Hubo un hombre al que todo, absolutamente todo, le parecía extraordinariamente bello. La mayoría lo tomaban por loco. ¿Cómo es posible? Se preguntaban. Pero, ¡si esa mujer es horrorosa! ¿Cómo dices que es bella? El hombre no podía comprender la necesidad del resto por encontrar algo que lo desagradara, él se encontraba a gusto, no mentía cuando decía que no encontraba nada “feo”. Pero llegó el día en el que se descubrió por qué ocurría esto… el señor era miope, iba por el mundo viéndolo a su forma, creando nuevos seres, experimentando cómo no existían los límites y todo se relacionaba con todo. Le ofrecieron sus gafas y al ponérselas exclamó: ¿Pero qué demonios es esto? ¡Este no es mi mundo! Desde entonces, no volvió a ponérselas de nuevo, decidió ignorar las guerras, la pobreza, el hambre, la destrucción, decidió seguir en su preciado mundo al margen de la realidad, de la realidad… ¿qué realidad? ¿Acaso no era su vida real? Simplemente no soportaba la vida creada por el resto, donde todo era conocido y no se hacía nada consistente por arreglarlo.
Ahora… ¿Qué habría hecho usted? Colocarse las gafas y ser consciente de todo sería un gran acto de valentía, sería querer conocer dónde vives con el resto. Buscar la vida perfecta… ¿se pregunta dónde está esa perfección? Entonces yo le digo, ¿acaso existe?
